Necesito hacerlo. Siento un deber, mejor dicho, es mi obligación hacerlo. Lo confieso, aún sin vergüenza, pues creo que mi pecado ha sido dejarme llevar por la historia de uno y de otro, por lo que un otro como yo, escribió.
No logro llegar a un consenso conmigo misma acerca del castigo que merezco. Es más, ni siquiera sé si existe un apremio para quien se conmueve con un par de relatos anejos, los lleva a la juguera, los licúa y sirve un tercer escrito distinto de los dos primeros.
Algo así es lo que “El actor” resultó. Jamás supe a quien pertenecían los relatos, puesto que me llegaron en completo anonimato.
Como sea, léanlo y si tienen tiempo, denme su parecer, si consideran que soy culpable o por el contrario, si es que deciden tomar esta iniciativa para escribir una cuarta historia sobre las 2 primeras y la mía, “la historia robada”.
No logro llegar a un consenso conmigo misma acerca del castigo que merezco. Es más, ni siquiera sé si existe un apremio para quien se conmueve con un par de relatos anejos, los lleva a la juguera, los licúa y sirve un tercer escrito distinto de los dos primeros.
Algo así es lo que “El actor” resultó. Jamás supe a quien pertenecían los relatos, puesto que me llegaron en completo anonimato.
Como sea, léanlo y si tienen tiempo, denme su parecer, si consideran que soy culpable o por el contrario, si es que deciden tomar esta iniciativa para escribir una cuarta historia sobre las 2 primeras y la mía, “la historia robada”.
Para comenzar, ésta:
El actor
Despertó temprano, rompiendo con la rutina de dormir hasta las 11 de la mañana. Los deseos por aprender ese texto eran enormes, aún cuando la historia traía recuerdos tristes de su infancia.
Se levantó, caminó por el pasillo de la casa y llegó a la cocina, abrió el refrigerador, cogió una manzana y una caja de leche. Sirvió un poco en un vaso y volvió a su habitación. Se sentó en la cama, dejó el vaso y la manzana en el velador, tomó el texto y comenzó a leer:
» ¡Ya es hora!
- ¿Hora de qué?
» Podemos entrar a ver a tu madre, aunque sólo un ratito.
- ¡Ah! me quedé dormido... pero vamos, vamos que quiero verla. ¿cómo habrá amanecido hoy mi viejita?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, dejó caer las hojas al suelo y en un acto reflejo, tomó el vaso del velador y bebió unos sorbos. Se sintió calmado y retomó la lectura.
... Caminaron hacia la habitación de enfermos y al entrar la vieron. El comentó:
- ¡Parece de cera! Tiene la boca entre abierta.
Esta vez lloró sin consuelo, sin embargo leyó hasta el final. Era la primera vez que conseguía hacerlo y pese al dolor que le producía esa obra, se sintió orgulloso de haber logrado una meta que creyó no poder alcanzar.
Carola Arévalo P.
(marzo - 2004) ©
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